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Sábado, 10 de Febrero de 2024

El legendario ciclista Joseba Beloki advierte apoyado en su dolorosa experiencia personal lo peligroso que puede ser obsesionarse con el maratón y buscar los límites del cuerpo como corredor popular

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El running nos ayuda a mejorar la salud pero cuando aparece la obsesión por las marcas como le ocurrió al ciclista Joseba Beloki las consecuencias pueden ser terribles.

Joseba Beloki es uno de los grandes de la historia del ciclismo español. En 2006 dio por finalizada su carrera profesional en la bicicleta y se planteó una nueva vida en la que debía tener mucha presencia el deporte, pero buscó nuevas alternativas. Una de ellas fue el running, pero reconoce que en poco tiempo, pese a obtener muy buenas marcas, decidió dejarlo porque reconoce que estaba entrando en el terreno de la obsesión.

 

 

¿Cómo te planteaste seguir haciendo deporte tras dejar de ser ciclista profesional?

 

 

Tras retirarme tuve un periodo de cierto relax, de liberación en el sentido de que dices, bueno, pues ya está. Y entonces te pones a hacer cosas que no habías hecho nunca. Yo, además, cuando era ciclista llevaba una vida bastante monacal en todos los aspectos. Nunca había esquiado, ni había corrido a pie, algo que ahora me apasiona. Admiraba por entonces a Diego García y Martín Fiz, que es mi vecino, y me dio por correr en un parque cercano a mi casa. Por allí entrenaba un grupo de corredores populares y me junté a ellos. Mi técnica de pisada no era buena, pero como acababa de dejar de correr tenía una buena capacidad aeróbica y sabía sufrir.

 

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¿Cómo respondió tu cuerpo a un nuevo deporte como el running?

 

 

Bien. Me puse a entrenar con un grupo en vitoria  aunque con un pequeño tirón de orejas por parte del doctor Mikel Sánchez, que me reñía cada vez que me veía, pues el correr no le viene nada bien a mi rotura de fémur. Pero el atletismo a mí me liberaba, me resultaba agradable por eso de la serotonina. Tenía mis entrenamientos pautados y no quería dejar de hacer deporte, sino tan sólo cambiar un poco su práctica. Me levantaba por las mañanas, desayunaba y a las 10:00 me ponía a correr una o dos horas.

 

 

Y llegan los maratones..

 

 

Sí, correr me hacía sentirme bien y así empecé a correr carreras populares y luego surgió la idea de ir a correr el maratón de Nueva York, por probar. El dichoso gen competitivo, ya sabes. “Puedes bajar de las tres horas”, me decía Martin Fiz. “Vamos allí sin forzar y vemos”. Total, que acabé aquel, mi primer maratón, en 2:53. Fue una experiencia maravillosa y a partir de entonces ya empecé a pensar en que al año siguiente tenía que ir al de Berlín porque era más rápido; fui a Berlín e hice 2:47:55 y al año siguiente hice el de Sevilla, y me lesioné…

 

 

¿Ahí te planteas que correr ya no es tan buena idea?

 

 

Sí, porque me di cuenta de que me estaba obsesionando. Estaba envenenado con mantener el peso, con las series, con la alimentación. Y me dije que no podía ser, que aquello se había acabado, porque encima estaba la lesión. En bicicleta tú te puedes pegar una salida de cinco horas, llegas a casa y te echas una siesta de seis, con lo que al día siguiente puede que te duelan las patas, pero estás sano. Mi problema al correr era que si no me dolía el piramidal me dolía otra cosa y acababa triturado. Siempre pendiente de la espada de Damocles, temiendo que algún día me iba a pasar algo en la pierna mala.

 

 

Dejas el running y vuelves a mirar a la bicicleta

 

 

Sí,  decidí volcarme un poco más en el cicloturismo puro, ese de pararse a almorzar y no el de andarse a golpes con la gente por ver quién va más rápido. Para mí fue una transición superbonita. Por eso yo, que he corrido el Tour y he disputado tres maratones, felicito a toda esa gente que de los 50 años para arriba tiene una vida saludable, gente que no compite en nada pero que hace deporte, que en sí mismo ya es algo maravilloso.